Reflexiones del pastor. Hay hambre en el mundo... Domingo, 3/8/2014

REFLEXIONES DEL PASTOR
DOMINGO 3-8-2014
XVIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


HAY HAMBRE EN EL MUNDO…
Mt 14, 13-21


Hoy hay hambre en el mundo. Siempre la ha habido, pero la de hoy es distinta la de otros tiempos de escasez y de miseria, pues hoy existen posibilidades objetivas, técnicas y financieras que permitan acabar de una vez con esa plaga, y lo único que hace falta es querer. Por eso el hombre de hoy es cualitativamente distinto: antes era más bien como una catástrofe natural que llegaba con el invierno y la sequía;  ahora es un crimen de la humanidad y es una vergüenza: países inmensamente ricos y países inmensamente pobres que se mueren de mengua y de hambre.


Parece claro que el florecimiento de unas economías, capitalistas o neocapitalistas, cuyo móvil es siempre el egoísmo individual, depende más de extender los mercados y aumentar el consumo indiscriminado que de multiplicar la producción. De ahí que las empresas capitalistas cada vez se interesan más en crear nuevas necesidades que en satisfacer las existencias y naturales, pues si  se acaba la demanda – si desaparece el hambre – se acabó el negocio. Y si unos pocos tienen que ir en cabeza, es necesario que la gran mayoría vaya a la zaga con la lengua afuera pasando hambre.

Así que el famoso milagro económico no es posible sin que exista el hambre de los otros, es el factor oculto e inconfesado de la propia opulencia. Por tanto: no habría ricos sino hubiesen pobres, ni países súper desarrollados sin países del tercer mundo. Y si ha de haber ricos no se acabará el hambre en el mundo.

Estamos pues ante un hambre injusta que no se remedia porque no interesa a los satisfechos y a los poderosos, y a los corruptos que abundan en el mundo, muy especialmente en nuestro país.

El hambre de hoy es también distinta a la de ayer, porque ahora se trata de muchos casos de un hambre provocada por la propaganda mercantilista. Es decir, de un hambre inducida con artificio que desplaza y margina la necesidad natural de comer. Y lo más lamentable es que mientras satisfacemos el hambre que nos meten, engañamos como podemos el hambre verdadera que tenemos. He aquí la raíz de esa profunda insatisfacción y de tantas frustraciones que padecemos.

Por eso nos dice hoy el Señor: “¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no da llenura? Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platos sustanciosos. Inclinen el oído, vengan a mí: escúchenme y vivirán”.

Si bien se mira, el hambre y la sed no son más que la expresión corporal de la honda necesidad de vivir que todos sentimos. Queremos vivir y vivir abundantemente, por eso apetecemos el pan que nos sustenta y el vino que nos alegra. Queremos vivir y vivir humanamente, no como simples animales; por eso tenemos hambre y sed de muchas cosas: de paz y de justicia, de orden y libertad, de amar y de ser amados… En el fondo sentimos hambre de Dios, de su Palabra, de su verdad y de su amor. Lo que sucede es que andamos un poco despistados y el hambre se pierde sin saber nunca lo que queremos.

Por ventura y por gracia, Dios no es como los ricos, que para serlo necesitan el hambre de los pobres. No, porque Dios no vende ni necesita clientes. Dios lo da todo gratis: “vengan, compren sin pagar vino y leche de gratis”. Además, nos da lo que necesitamos y le pedimos y no otra cosa. Si le pedimos pan, no va a darnos una piedra; si le pedimos un huevo, no va a darnos un alacrán, y si le pedimos un pescado, no va a darnos una culebra. (Lc 7, 9 – 11).

También en esto difiere de los ricos que nos venden bebidas refrescantes cuando queremos pan, y desarrollo económico cuando queremos libertad. Y nos envía a su hijo al mundo para curar a los enfermos y anunciar a los pobres la Buena Noticia, para liberar a los presos y aliviar a los oprimidos, para dar pan a los hambrientos, para que tengamos vida y la tengamos abundante. Por eso le llamamos Salvador, porque nos libra de todas las necesidades y no inventa otras nuevas.

El milagro de la multiplicación de los panes en el desierto es una señal de la vida abundante que vino Jesús a traer al mundo: “comieron todos hasta saciarse y aún se recogieron 12 cestos llenos de sobras”. Semejante a este milagro es el otro de la multiplicación del vino en las bodas de Caná. En ambos casos se trata de dar señales de la nueva vida y de ninguna manera de hacer ostentación de una fuerza sobre humana. De ahí que el verdadero milagro – el que no entendieron entonces sus discípulos – esté en el reparto del pan y de la copa, y no en la multiplicación.

Pues lo importante es que Dios se acerca a los hombres, a las necesidades humanas, en Jesucristo, y que los hombres comparten con alegría los mismos dones. 

La Iglesia no está en el mundo para multiplicar panes y peces, pero tampoco es eso lo que el mundo necesita; para eso se basta hoy a sí mismo. Por otra parte, de nada sirve multiplicar la producción si no se acierta en el modo de saciar el hambre de todos; es decir, si no se quiere acabar con el hambre de los pobres. De ahí que lo más urgente y lo más escaso sea el amor.

Pero hay que tener cuidado y no confundir el amor con las “caridades” acostumbradas, que nunca han resuelto al menos el problema social. Amar aquí, lo mismo que en los evangelios, significa tanto como dar la vida. Y si tenemos que dar la vida, con mayor razón todo lo demás. Pues bien anunciar ese amor al mundo y vivirlo intensamente sí que es la misión de la Iglesia y de los cristianos, “en eso conocerán que somos discípulos”. ¿No es esa la verdadera señal de los cristianos?

Amar es poner en marcha la única fuerza que puede sacarnos del sistema que ha construido el egoísmo moderno en el mundo.

+Roberto de Coro
@MonsLuckert