Reflexiones del pastor. Los pobres del mundo. Domingo, 22/12/2013

4to DOMINGO DE ADVIENTO 
LOS POBRES DEL MUNDO 
Mt 1, 18 – 24

 Normalmente, a todas las grandes figuras históricas les acompañan las “historias de nacimiento”. La lista de ejemplos sería interminable (Alejandro Magno, César, Buda, Zoroastro, etc.) el impacto que causaron estas personas siendo ya adultos inspiró, tras su muerte, relatos sobre su origen cargados de hechos maravillosos (madre virgen, estrella, persecución, etcétera) que anunciaban y delataban lo que se escondía en aquel niño. El significado del adulto se proyecta hasta su niñez. En el texto evangélico que hoy comentamos en este cuarto domingo de Adviento (la Anunciación a José), sería deformar la intención del escritor deducir conclusiones biográficas concretas sobre María y su esposo. 

Mateo no trata de decirnos “que pasó externamente, sino qué significa la persona de Jesús, quién es y de dónde procede. Como el escriba sabio (Mt 13, 52) que saca de su arca lo nuevo y lo viejo, trata de explicar el “nuevo testamento relacionándolo con el antiguo, hace una lectura cristiana de la escritura actualizando el dato bíblico en función del presente. La narración no pretende darnos a conocer peripecias humanas, ni siquiera mostrar la grandeza moral de algunos personajes que intervienen en el relato, sino quién es Jesús. 

Para los que le vieron físicamente estaba fuera de duda que era un hombre, por ello lo que debía hacer explicitado era lo que él tiene de “muy especial”. Sería lamentable que nuestra reflexión reduzca, en definitiva, la fiesta de Navidad a una mera celebración romántica y enternecedora en el que se reclama una mayor solidaridad entre los hombres. La forma literaria de Mateo y Lucas se presta a ello, pero no podemos tomar estos textos como maravilloso cuento de hadas ignorando la profundidad de su mensaje. El sentido cristiano de la Navidad es más profundo que todo eso. Estos días son ante todo la proclamación creyente de que Dios se hace presente en la vida humana mostrando su solidaridad con los hombres. 

 Alguien ha comparado estos relatos de la infancia a los fotogramas de presentación de la película cinematográfica. Mientras se nos van dando los nombres de los protagonistas, aparecen algunas imágenes y temas musicales que nos van introduciendo en el tema. Solo avanzada la proyección nos damos cuenta del verdadero significado de las imágenes iniciales utilizadas como propaganda a la misma película. Puede decirse que la Palabra de Dios se hace carne en el creyente. Esto, al igual que en el caso de María, sucede por obra del Espíritu Santo, Dios entra y comienza a crecer en nosotros. Por nuestra parte, en primer lugar hemos de gestar bien esta palabra hasta poder decir como el apóstol “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi”. El segundo paso es darla a la luz. Colocarla viva en nuestro mundo concreto. Así Dios se hace presente en lo cotidiano de la historia humana. 

Santa Teresa diría que anda incluso entre nuestra comida “día y noche van tus ángeles, Señor conmigo” es la confesión cantada de esta realidad. El Espíritu de Jesús no es solo pan vivificante sino pan tierno que responde perfectamente a las necesidades del momento. Para la asimilación interior de la Palabra por parte del creyente sea la adecuada, ha de saber reconocer su presencia. Algunos lo llaman “sabor a evangelio”. No debe suceder nuevamente que vengan a los suyos y los suyos no lo recibieron. Desde luego que para captar ese “sabor” hay que masticar asiduamente el antiguo testamento. 

La cultura de cada momento y lugar debe ser el vehículo imprescindible de la palabra, pero es un grave error confundir ambas realidades. No pocas veces encontramos nuestra Iglesia luchando por intentar mantener una cultura pasada en lugar de encarnar la Palabra en las realidades actuales. Es necesaria una evangelización nueva. Al igual que sucede con el sol. La luz tiene que ir venciendo las tinieblas.  
La fiesta de Navidad está ya próxima. Si nos limitamos a conmemorar el nacimiento de Jesús ocurrido hace casi 2.000 años, tal vez todo quede en una fiesta más. Es deseable que en este tiempo de Adviento haya tenido lugar una experiencia personal de Dios, un encuentro sentido con él. A Dios lo hemos de encontrar en nuestro interior más que en argumentos racionales. Solo en Dios descubierto así y no impuesto desde fuera refuerza nuestra libertad y permite descubrirlo también en el prójimo. Esta celebración dominical es una ocasión para ese encuentro. Cualquiera que sea en estos momentos nuestro estado de ánimo pidamos que así ocurra para que la Navidad sea fructuosa en mi vida personal, en mi vida familiar y en mi vida comunitaria. 

+Roberto de Coro 
@MonsLuckert